Texto para el catálogo “Obra reciente” publicado con motivo de la exposición en el Club Diario Levante en el 2001

A propósito de la pintura reciente de la artista valenciana

LA COHERENTE EVOLUCION DE LA OBRA DE SILVIA LERIN

Los colores (…) nos han sido dados para incrementar nuestra joie de vivre, generada por la estimulación y la armonía

Rudolf Arnheim 

Tres años, en la trayectoria del artista emergente, puede significar bastante. Y bastante parece estar significando en la biografía plástica de Silvia Lerín. Mi primer acercamiento a su pintura se produjo a finales de 1997, cuando todavía andaba ocupada con el último curso en la facultad de Bellas Artes. De entonces a acá, ella misma estima que han pasado muchas cosas. Le han sucedido premios, exposiciones y, sobre todo, una palmaria evolución plástica. De aquel primer contacto con su obra guardo el recuerdo de lo mucho que me llamó la atención la prematura madurez de la pintora. La observación no fue falsa en absoluto, como se evidencia tres años después. Porque, durante este tiempo, lejos de dar palos de ciego en búsquedas diversas hacia el lenguaje propio ­lo cual no sería extraño en una biografía artística incipiente­, ha insistido en el mismo universo pictórico, el cual había ya adoptado como propio y en el que se sigue sintiendo a gusto, en tanto le continúa facilitando nuevas posibilidades.

“Silvia Lerín camina por unos derroteros plásticos coherentes, abiertos a un futuro de posibilidades”. Así concluí mi texto de enero de 1998 para su exposición de ese año en Alicante. Y lo cierto es que la coherencia, junto con el desarrollo de lo factible, ha sido quizá lo que ha presidido su trabajo durante este período.
Instalada en su mundo no figurativo, donde la pintura se representa a sí misma, mantiene sus intenciones cromáticas y sus postulados formales, conjugando atmósferas peculiares de color con construcciones entre el orden y el caos, formulando contradicciones entre emoción y razón.
En alguna entrevista la pintora ha declarado que, en San Carlos, aprendió mucho de tres de sus profesores que, en cierto modo, se hallan presentes en su trabajo: el vitalismo expresivo de Pepe Sanleón, la interacción del color sobre base geométrica de José María Yturralde y la “cocina pictórica” de Rafa Calduch.
Puestos a señalar “asunciones” respetables, cabría observar la presencia del informalismo de Antoni Tàpies y el onirismo de Joan Miró, sin olvidar otros testimonios, que van desde la sutileza de Paul Klee a la rotundidad de Robert Motherwell.
Sin que ello suponga ausencia de riesgo ­que necesariamente lo habrá habido en cada momento­, su pintura ha ido adquiriendo una mayor potencia y en el espectador se produce la sensación de que el cuadro, éste o aquél, no se podía haber pintado de otra manera, pues su colores y su composición formal parece que son los que han de ser y no otros.
Tal situación implica no sólo la constatación de una evolución coherente, sino también una profundización en el propio proyecto plástico. De esta manera, la etapa actual de Silvia Lerín se nos presenta con una mayor hondura, algo que nos invita a entrar en un cosmos interior que se encuentra más allá de la simple superficie. Por eso, ahora, la mirada del espectador no puede ser somera, sino que se le exige un mayor detenimiento en su participación contemplativa.

El interés por el color se constituye en argumento fundamental de la obra de Silvia Lerín. Da la sensación de que la pintora ha escrito con frecuencia en sus cuadernos de notas la consigna que Josef Albers daba a sus alumnos: “El color es el más relativo de los medios que emplea el arte”. No vamos a explicar aquí, por ejemplo, cómo la voz “rojo”, aunque define una determinada parcela cromática, no define un color concreto, sino que apenas sugiere una familia numerosa de la especie cromática.
La relatividad formal aludida por el pedagogo y creador alemán es una vieja conocida de nuestra pintora quien gusta de sumergirse en ese mundo para, jugando con sus infinitas posibilidades, conjugar una obra rica en ambigüedades, para deleite del espectador sensible.

RAFAEL PRATS RIVELLES

Crítico de Arte, L´Eliana, Abril 2001